Cinderella – Spanish

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La Cenicienta

Érase una vez una muchacha llamada Cenicienta. Cenicienta era muy amable, educada y dulce con todo el mundo, y era bella por dentro, lo que hacía que fuera también bella por fuera. La madre de Cenicienta había muerto cuando ella era muy pequeña, así que su papá volvió a casarse. La mujer con la que se casó su papá, su madrastra, era una persona cruel y horrible, pero Cenicienta y su papá tuvieron que irse a vivir con ella, a su sucia y vieja casa.

Las dos hijas de la madrastra eran tan crueles y horribles como su madre, lo que las hacía feas también por fuera. Estaban celosas de la belleza de la Cenicienta, así que la obligaban a lavar toda la ropa, cocinar cada comida y limpiar todo lo que ellas ensuciaban. Cenicienta era muy infeliz, pero cumplía con sus tareas sin la menor queja. Soñaba con el día en el que pudiera salir de aquella horrible casa y alejarse de su madrastra y hermanastras.

Un día, un mensajero real llegó a la ciudad en un refinado carruaje negro y dorado. ¡Traía una carta de los Reyes! Decía así:

“A todas las mujeres del Reino,

Es un placer para los Reyes invitarle a un baile en palacio mañana por la noche. El Príncipe está preparado para casarse y tiene la esperanza de encontrar a su princesa”.

“¡Cenicienta no irá al baile!”, dijo la malvada madrastra. “El Príncipe estará buscando una chica hermosa como mis hijas”

Las hermanastras se rieron y dijeron que estaban de acuerdo.

La noche siguiente, Cenicienta oyó a sus hermanastras gritando mientras se iban al baile sin ella.

“Estoy cansada de esperar a que llegue el día en el que pueda salir de este lugar”, sollozó Cenicienta. De repente, una cegadora luz blanca inundó la habitación haciendo aparecer a una dama con el pelo violeta. Asustada, Cenicienta dio un grito.

“¡Cállate! No se asuste Cenicienta. Soy el Hada Madrina. Usted es la muchacha más dulce y más amable de todo el reino, y si el Príncipe pudiera conocerla seguro que se enamoraría en un instante. Tiene que ir al baile, ¡nadie lo merece tanto como usted!”.

¡Bang! De pronto, una de las calabazas del jardín empezó a crecer y crecer, cambiando su color y su forma hasta convertirse en un precioso carruaje rosado.

¡Zas! Las ropas de Cenicienta empezaron a transformarse, haciendo su vestido más largo y elegante, hasta que quedó vestida con un maravilloso vestido de baile de color blanco. Un cristal tan suave como el agua envolvió sus pies descalzos hasta crear unos brillantes zapatos de cristal.

¡Crack! Un ratón que estaba corriendo por el jardín comenzó a hincharse hasta convertirse que un auténtico mayordomo que la espera junto al carruaje. Entonces, el Hada Madrina le dio una advertencia: la magia desaparecería antes de la medianoche. Cenicienta subió a su carruaje y escapó hacia el palacio.

Cuando la Cenicienta llegó al baile todo el mundo en la sala se apartó a los lados para dejar pasar a aquella misteriosa muchacha, sorprendidos por su fabuloso carruaje y sus zapatos de cristal.

El Príncipe vio el deslumbrante vestido de Cenicienta y su sedoso cabello desde lo alto de las escaleras del salón de baile.

“¡Es la muchacha más hermosa que he visto nunca! Sirviente, por favor pregúntele si me concedería un baile”

Cuando la Cenicienta llegó al baile todo el mundo en la sala se apartó a los lados para dejar pasar a aquella misteriosa muchacha, sorprendidos por su fabuloso carruaje y sus zapatos de cristal.

El Príncipe vio el deslumbrante vestido de Cenicienta y su sedoso cabello desde lo alto de las escaleras del salón de baile.

“¡Es la muchacha más hermosa que he visto nunca! Sirviente, por favor pregúntele si me concedería un baile”

Abandonó los brazos del Príncipe y salió corriendo del salón de baile y cruzando rápidamente la alfombra de terciopelo rojo. ¡Iba tan deprisa que perdió un zapato! Pero sin tiempo para detenerse y recogerlo, se metió en su carruaje justo cuando los caballos empezaban a tirar de él. Cenicienta se puso a llorar porque sabía que nunca le dejarían volver a ver el Príncipe. El Príncipe también estaba triste porque no podía soportar la idea de haber perdido a aquella muchacha, la muchacha con la que quería casarse.

El Príncipe recogió el zapato del suelo donde se había caído, y al día siguiente, salió para encontrar el pie al que pertenecía.
Después de visitar a muchas muchachas cuyos pies eran demasiado grandes o demasiado pequeños para el zapato de cristal, llegó a la casa de la madrastra de Cenicienta. Sus hermanas fueron primero, tratando de meter sus gordos dedos de los pies en el zapato, y lamentándose al descubrir que era imposible que cupieran. Finalmente, fue el turno de la Cenicienta.
Cuando el Príncipe vio el hermoso rostro de Cenicienta supo de inmediato que era ella la muchacha con la que había estado bailando la noche anterior.

Cuando el Príncipe le probó el zapato a Cenicienta su pie se deslizó con delicadeza quedando perfectamente ajustado.

“Cenicienta, ¡sal de este lugar y ven conmigo a gobernar el Reino como mi Reina!”, dijo el Príncipe. Sus interminables años de duro trabajo habían llegado a su fin. Cenicienta tuvo el final feliz que merecía por ser una persona dulce y agradable a pesar de su dura vida.

Cenicienta y el Príncipe subieron al caballo del Príncipe y se dirigieron hacia el palacio, prometiendo gobernar los reinos de forma justa, juntos y felices.

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